No importa cuándo. Sólo sé que ocurrió y pudo haberle ocurrido a cualquiera. Sucedió más allá de la estación, cerca del puerto…
Por la noche salimos a caminar como de costumbre en el verano; íbamos abrazados en dirección al bajo, por la calle de adoquines, bajo una luna tranquila, derramada… Alejándose del centro todo parece distinto; hasta la gente. Mi ropaje de hombre auténtico me sentaba bien, de modo que hasta las tenebrosas sombras que emergían de los zaguanes me parecían amigables.
A las once en punto la campana de la estación anunció la partida del último tren y una columna de humo gris comenzó a elevarse, distorsionando tras de sí la tranquila imagen del puerto, diluyendo las siluetas de los barcos en la turbiedad del agua herida.
Noté algo distinto en su voz, nada nuevo, sólo distinto. Comenzó a decir algo acerca de una flor azul, pero yo no podía entenderla, tal vez porque había eso “distinto” en su voz. No me llamó la atención hasta que de pronto se soltó de mi mano y comenzó a correr en dirección al río, y sin darme tiempo a nada se perdió entre las sombras del puerto y el rumor del agua agitándose entre los barcos…
Matilde, asombrada de mi relato, me alcanzó el mate espumoso, bien cebado, y me miró de repente escudriñando mi rostro. Una expresión de terror se dibujó en su cara y en una incomprensible reacción corrió hacia la ventana para arrojarse al vacío. No me llamó la atención hasta que de repente se soltó de mi mano una extraña flor azul al tiempo que sonaba enloquecida la campana de la estación. Menos mal que me apuré y pude partir en el tren de las once…
No hay comentarios:
Publicar un comentario